martes, 17 de agosto de 2010

Crónicas de vida: José de San Martín

José Francisco de San Martín nació en Yapeyú, hoy provincia de Corrientes, un 25 de febrero de 1778.
En 1774, el gobernador de Buenos Aires Bucarelli, encomendó al Capitán don Juan de San Martín el cargo de teniente de gobernador de Yapeyú. Allí se instaló don Juan con su mujer, Gregoria Matorras, y sus hijos María Elena, Juan Fermín y Manuel Tadeo. Poco después nacerán Justo Rufino y el menor de la familia, José Francisco, quien pronto comenzó a ser cuidado por una niñera india, Juana Cristaldo que según doña Gregoria, lo consentía demasiado. Cuando José tenía apenas tres años, toda la familia debió abandonar Yapeyú y trasladarse a Buenos Aires. El virrey Vértiz le ordenó a Don Juan hacerse cargo de la instrucción de los oficiales del batallón de voluntarios españoles. Los San Martín vivieron en la capital del virreinato hasta 1784 cuando fue aceptado el pedido de Don Juan para regresar a España. Se le encargó la dirección de un regimiento en Málaga y allí se instaló la familia.
José, que tenía por entonces ocho años ingresó al Seminario de Nobles de Madrid. Allí aprendió latín, francés, castellano, dibujo, poesía, retórica, esgrima, baile, matemáticas, historia y geografía.
En 1789, ingresó como Cadete en el regimiento de Murcia, con el cual, a los trece años, tuvo su bautismo de fuego en el sitio de Orán (1791). Más tarde intervino en las guerras del Rosellón (1793), de las Naranjas (1804) y de Independencia, que le supusieron distintos ascensos hasta alcanzar el grado de teniente coronel. En la guerra contra las fuerzas napoleónicas y ya con el grado de Teniente Coronel, fue condecorado con la medalla de oro por su heroica actuación en la batalla de Bailén el 19 de julio de 1808.
El joven José no olvidaba sus orígenes americanos y estaba muy al tanto de los sucesos del Río de la Plata. Al enterarse de los hechos de mayo de 1810, decidió pedir el retiro del ejército español para poner sus conocimientos y experiencia al servicio de la naciente revolución americana. Había tomado contacto en España con círculos liberales y revolucionarios que veían con simpatía la lucha por la emancipación americana. Salió de Cádiz para Londres en 1811. Londres ya era por entonces la gran capital de la Revolución Industrial a cuya sombra florecían las ideas liberales, ante todo en lo económico, pero también en lo político. Allí prosperaban los grupos revolucionarios como la "Gran Hermandad Americana", una logia fundada por Francisco de Miranda, un patriota venezolano que se proponía liberar América con la ayuda financiera de los ingleses. Allí sus contactos revolucionarios, le hicieron conocer el plan Maitland. El plan, un manuscrito de 47 páginas, había sido elaborado por el general inglés Thomas Maitland en 1800 y aconsejaba tomar Lima a través de Chile por vía marítima. San Martín tuvo muy en cuenta las ideas del militar inglés en su campaña libertadora. Finalmente en enero de 1812 San Martín emprendió el regreso a su tierra natal a bordo de la fragata inglesa George Canning.
A poco de llegar a Buenos Aires, logró que se le respetara su grado militar de Teniente Coronel y que se le encomendara la creación de un regimiento para custodiar las costas del Paraná asoladas por los ataques de los españoles de Montevideo. Así nació el regimiento de Granaderos a Caballo. El nuevo cuerpo militar se instaló en el Retiro.


La situación política en Buenos Aires era complicada. Gobernaba el Primer Triunvirato integrado por Chiclana, Sarratea y Paso. Pero el verdadero poder estaba en manos del secretario de gobierno, Bernardino Rivadavia, que venía desarrollando una política muy centralista que desoía todos los reclamos del interior, cada vez más perjudicado por la política económica de Buenos Aires que fomentaba el libre comercio y mantenía un manejo exclusivo del puerto y de la aduana.
A poco de llegar, San Martín entró en contacto con los grupos opositores al triunvirato, encabezados por la Sociedad Patriótica fundada por Bernardo de Monteagudo, y creó, junto a su compañero de viaje Carlos de Alvear, la Logia Lautaro, una sociedad secreta cuyos objetivos principales eran la Independencia y la Constitución Republicana.
San Martín y sus compañeros se decidieron a actuar y el 8 de octubre de 1812 marcharon con sus tropas, incluidos los granaderos, hacia la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) y exigieron la renuncia de los triunviros en un documento redactado por San Martín que concluía diciendo: "...no siempre están las tropas para sostener gobiernos tiránicos".
Fue designado un segundo triunvirato afín a la Logia y a la Sociedad Patriótica integrado por Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte.
Don José se hacía tiempo también para la diversión y poco a poco fue tenido en cuenta en las selectas listas de invitados de las tertulias porteñas. La más famosa y agradable, según cuentan, era la de Don Antonio Escalada y su esposa Tomasa, en la que sus hijas, Remedios y Nieves, no perdían de vista a ningún nuevo visitante. Por allí pasó Don José y surgió el romance con Remedios. Poco después, el 12 de noviembre de 1812 se casaron. Él tenía 34 años y ella 15.
El 3 de febrero de 1813 los Granaderos de San Martín entraban por primera vez en combate frente al Convento de San Lorenzo, en Santa Fe. El desembarco realista no se produjo delante del convento, como había previsto San Martín, sino en dirección al centro de la actual ciudad. Por ello, la columna de San Martín llegó antes de que la de Bermúdez completara el movimiento de incursión. Por un momento, los españoles lograron defenderse. Una bala hirió al caballo de San Martín, que rodó y apretó una de las piernas del coronel, inmovilizándolo. Un enemigo iba a clavarle la bayoneta, cuando apareció el soldado puntano Juan Bautista Baigorria quien en ese preciso instante se interpuso, mató al soldado realista y comenzó una defensa heroica de San Martín. Mientras, el soldado correntino Juan Bautista Cabral ayudó a San Martín a liberarse de la opresión del lomo del caballo sobre su pierna salvándole la vida. Cabral moriría en esa heroica acción.
La leyenda, iniciada en una carta dirigida por San Martín a la Asamblea del Año XIII, le adjudica en su lecho de muerte la máxima "Muero contento, mi Coronel, hemos batido al enemigo":
Según algunos historiadores, el grado de sargento le fue concedido post mortem en mérito a su arrojo en la batalla.
La historia lo ha convertido en un héroe nacional, y existen numerosos monumentos erigidos en su honor.


El triunfo fue total y el prestigio del ahora coronel San Martín crecía sin cesar. Fue así que en 1814 se le encomendó el mando del ejército del Norte en reemplazo del General Belgrano.
El duro revés que éste había sufrido en Vilcapugio y Ayohuma a manos de los realistas cerraba prácticamente las posibilidades de avanzar sobre Lima, al tiempo que hacía vulnerable esa frontera, cuya custodia encargó a Martín Miguel de Güemes, caudillo de Salta. En 1814, tras la derrota del ejército chileno en Rancagua, San Martín dio amparo a O'Higgins y a sus tropas en Cuyo, de donde acababa de ser nombrado gobernador por el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón.
En Mendoza comenzó los preparativos para su ambicioso plan, consistente en cruzar la cordillera, liberar a Chile y de allí marchar por barco para tomar el bastión realista de Lima. Pese a su ardua faena, jamás descuidó las tareas de gobierno. Fomentó la educación, la agricultura, la industria y creó un sistema impositivo igualitario cuidando que pagaran más los que más tenían.
El 24 de marzo de 1816 se reunió por primera vez el Congreso en Tucumán. San Martín, preocupado por la demora en sancionar la independencia le cursó una carta al diputado por Cuyo, Godoy Cruz. "¿Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia? ¿No es cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y escarapela nacional y, por último, hacer la guerra al soberano de quien se dice dependemos, y permanecer a pupilo de los enemigos?"
A principios de 1817, comenzó el cruce de la Cordillera de Los Andes, la mayor hazaña militar americana de todos los tiempos. Superadas las cumbres andinas, el 12 de febrero de 1817 derrotó al ejército realista al mando del general Marcó del Pont en la cuesta de Chacabuco, y el 14 entró en Santiago de Chile.
La Asamblea constituida proclamó la independencia del país y lo nombró director supremo, cargo que declinó en favor de O'Higgins.San Martín viajó a Buenos Aires a fin de solicitar lo necesario para la campaña del Perú.
Sin embargo, lo que recibió fue la oferta de intervenir directamente en las disputas internas del país, cosa que rechazó. Mientras tanto, las fuerzas patriotas habían sido completamente derrotadas en Cancha Rayada por el ejército realista de Osorio.
De nuevo en Chile, San Martín reorganizó las desmoralizadas tropas criollas y venció a Osorio en los llanos de Maipú, el 5 de abril de 1818, asegurando de este modo la libertad chilena.
De inmediato inició la campaña Libertadora del Perú, que culminó con la proclamación de la independencia peruana en 1821, y su designación como protector, cargo que aceptó hasta la total pacificación del país.
Celebrada la entrevista con Bolívar en Guayaquil en 1822, donde ambos patriotas trataron el futuro del continente, San Martín renunció al Protectorado peruano y se retiró de la vida pública, embarcándose hacia Europa.
En 1829 regresó a Buenos Aires, pero no llegó a desembarcar. Afectado por las luchas fratricidas que enfrentaban a sus compatriotas, marchó de nuevo a Europa, radicándose definitivamente en Francia.

El 16 de agosto de 1816, nació Mercedes Tomasa de San Martín, la única hija de su matrimonio con Remedios de Escalada.
Tras las campañas libertadoras, pasó unos días en Mendoza, y desde allí pidió autorización al Gobierno de Buenos Aires para poder ver a su esposa, que estaba gravemente enferma. Rivadavia, ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez, le negó el permiso argumentando que no estaban dadas las condiciones de seguridad para que San Martín entrara a la ciudad. En realidad Rivadavia, que siempre le había negado cualquier tipo de ayuda a San Martín, temía que el general entrase en contacto con los federales del Litoral. Ante el agravamiento de la salud de Remedios, y a pesar de las amenazas, San Martín decidió viajar igual a Buenos Aires pero lamentablemente llegó tarde. Su esposa ya había muerto sin que él pudiera compartir al menos sus últimos momentos. Fue ahí, que resolvió abandonar el país en compañía de su pequeña hija Mercedes rumbo a Europa. Merceditas tenía siete años y recién en ese momento, conocería verdaderamente a su padre.
En 1825 redacta las famosas máximas, una serie de recomendaciones para su educación en caso de que él no estuviera a su lado. Allí le aconseja el amor a la verdad, la tolerancia religiosa, la solidaridad y la dulzura con los pobres, criados y ancianos; amor al aseo y desprecio al lujo. Tras pasar brevemente por Londres, San Martín y su hijita se instalaron en Bruselas. En 1824 pasan a París para que Mercedes complete sus estudios.
En 1832 una epidemia de cólera asoló Francia. San Martín y su hija Mercedes, fueron afectados por esa grave enfermedad. Los trató un médico argentino, Mariano Balcarce, hijo de un viejo amigo y camarada de armas de San Martín, el general Antonio Balcarce.
El frecuente trato entre los jóvenes, hizo florecer una relación que se cristalizó el 13 de diciembre de 1832, cuando Mariano Balcarce y Mercedes de San Martín se casaron y se fueron de luna de miel a Buenos Aires.
Hacia 1845, la salud de San Martín comenzó a deteriorarse ostensiblemente. Sufría asma, reuma, úlceras y estaba casi ciego. Su estado de salud se fue agravando hasta que finalmente falleció el 17 de agosto de 1850.
En su testamento, pedía que su sable fuera entregado a Rosas, "por la firmeza con que sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla", y que su corazón descansara en Buenos Aires. Esta última voluntad se cumplió en 1880, cuando el presidente Avellaneda recibió los restos del libertador.


Fuente: www.elhistoriador.com.ar

Recuperando paradigmas

Estamos en un momento de la historia, en que ya no abundan los paradigmas ni los grandes ejemplos.
Los grandes modelos, pero esos grandes de toda grandeza. Esos que dan la pauta de una vida consagrada a plasmar la suma de un caudal de valores imperecederos y una personalidad determinante.
Sabemos que muchos pueden una y otra vez replantearse, en medio de los vaivenes y sucesos cotidianos ¿qué necesidad hay de recrear la memoria y obra de tamaño prócer? si ello, aparentemente, no solucionará nada de lo que acontece en nuestras vidas.
Realmente, pensar así, lleva a un profundo engaño. Hay que sacarse de la cabeza la idea de que develaremos los enigmas del presente en el propio presente.
El presente, busca con desesperación, que alguien le explique por qué las cosas pasan como pasan y no de otra manera. Nos reclama explicaciones acerca de nuestro atascamiento en un pantano de desencuentros, sin encontrar la mano amiga que nos ayude a salir.
Aunque duela admitirlo, nos falta perspectiva. No se advierte en el inconsciente colectivo, ni en quienes deberían hacer gala de ostentarla, una mirada profunda hacia los doscientos años y a los “grandes” que forjaron nuestra historia. Más bien, ese vistazo se lo percibe por demás sesgado.
Estas miradas ladeadas hacia el centro de nuestra existencia como país, trae aparejada, aunque suene reiterativa y hasta muy armada la frase, que cuando no recordamos lo que nos ha pasado, corremos serio riesgo de que vuelva a ocurrirnos la misma cosa.
¿Y por qué no recordamos lo que nos ha pasado?
Porque si bien tenemos historia; una rica historia, no la reconocemos. La sentimos como si fuera algo de otro, de seres distantes, sin vínculos con nuestra realidad.
Nos complacemos con tan solo repetir hechos, fechas, nombres, situaciones, como un simple proceso de aprendizaje. Pero no vivimos nuestra historia.
Nos devora el aquí y el ahora, viviendo en un sálvese quien pueda, atados a una mejora material, y lo que es peor, muchas veces sin saber quiénes somos, de dónde venimos, y hacia dónde vamos.
Por todo lo expuesto, y para evitar que estas líneas sean nada más que un cúmulo de desnudas enunciaciones, propongámonos erigir paradigmas valederos como el del General San Martín, para nuestro diario vivir.
No olvidemos, que Nos dejó un país y una América libres de dominio extranjero, para que con nuestra responsabilidad construyamos una patria de hombres libres y solidarios, con pleno respeto por los valores fundamentales de la sociedad humana.
No olvidemos, en estos tiempos en que está tan mancillada, que su pensamiento acerca de la educación popular era, que “es la base de la dignidad de la persona humana, y el reaseguro para evitar las formas despóticas y autoritarias que tanto mal hacen a la sociedad”.
Y no olvidemos nunca, al direccionar nuestras acciones, aquel que fue sin dudas su pensamiento más concluyente: “Serás lo que debas ser, o si no, no serás nada”.

Prof. Arturo Arias Terceiro

jueves, 5 de agosto de 2010

El misterioso señor Benito - de Leo Duarte

El misterioso Señor Benito. ( Leo Duarte. Agosto 2009)

Cierta vez, en un lejano pueblo en el norte chaqueño, a pocas leguas del monte impenetrable ocurrían cosas muy misteriosas. La gente de los alrededores no se explicaba hasta ese momento, lo que estaba pasando en el lugar.
Desde hace menos de un año, en ese pequeño pueblo cada quince o veinte días los perros del lugar se ponen a ladrar toda la noche en dirección hacia un viejo caserón. Más que ladridos son una especie de llantos y alaridos como si vieran algo desconocido, los vecinos no se atrevían a salir por temor a ver algo que no fuera de este mundo.
En una reunión organizada por algunos vecinos para hablar del tema tan preocupante, que existe en el pueblo, decía uno de los vecinos:
-Yo sigo insistiendo que el señor Benito tiene algo que ver con lo que está pasando, desde que este hombre llegó aquí, ocurren estas cosas.
Un joven, que se encontraba entre ellos, conocido por todos desde chico levantó la mano para hablar.
-Yo me animo a descubrir si este señor tiene algo que ver. Entraré a su casa cuando él no está para ver que es lo que hay adentro.
Un señor mayor que estaba presente le dice:
-No vamos a permitir que vayas a arriesgar tu vida. Mario, tienes sólo 25 años y toda una vida por delante. ¡Andá a saber con que te vas a encontrar dentro de ese caserón! Podrías salir loco de ahí o no salir nunca más.
Todos se retiraron a sus casas, pensando que el tema quedaría para resolver al día siguiente.
Mario era un chico que se crió casi sólo en el vecindario, ya que su única familia era su madre que lo tuvo soltera y, desgraciadamente murió cuando lo dio a luz después las vecinas lo criaron. Al estar de mano en mano se crió un poco rebelde.
El joven se quedó con la sangre en el ojo y pensó que no podía dejar pasar más tiempo, esta era la oportunidad.
Esa misma tarde antes de que el sol se ponga, Mario vio que el viejo Benito salió.
El muchacho, que se encontraba escondido detrás de un árbol, dijo: “Esta es la oportunidad de entrar a esa casa vieja”.
Casi agazapado y a toda velocidad pasó por debajo del espinoso y viejo cerco, no le fue muy difícil empujar el oxidado ventanal para que se abra, una ves adentro tuvo la sensación de estar en una zona totalmente desconocida. Un olor nauseabundo, imposible de aguantar, lo envolvió.
Pensó que debía salir de ese lugar lo antes posible, no veía nada y se sentía muy mareado.
Al día siguiente muy temprano, una persona se encontraba sentada sobre el tronco de un árbol caído.
Un vecino del pueblo que pasaba muy cerca de él lo miró sorprendido, al reconocerlo le resultó imposible que su cabellera estuviera tan blanca, pero al mirarlo detalladamente la sorpresa fue peor, casi con un grito dijo:
-¿Mario que le paso a tu cabello negro? ¿Qué haces aquí? ¡Estás helado ¡ ¿Cuántas horas hace que estás aquí?
Mario lo miró desconcertado sin hablar con la mirada extraviada, su pelo totalmente blanco, tiritando de frío, como si le hubieran pasado 40 años por encima de un día para el otro.
El vecino llamó a otro y casi a la rastra porque, le costaba mucho dar pasos, lo llevaron hasta su casa. Nadie se explicaba lo que le sucedió, hasta que un anciano dijo:
-Lo que le pasó a éste muchacho es cosa de Mandinga, él hasta ahora no nos puede hablar pero estoy seguro que entró en la casa del viejo Benito, a pesar que se lo advertimos.
Todos los que se encontraban en ese momento se miraron como diciendo que había que hacer algo urgente. Una anciana que se encontraba en la casa dijo:
-Busquemos a la curandera de la laguna, ella nos podría ayudar.
Mientras algunos quedaron cuidando de Mario, otros fueron a buscar a la curandera.
En tanto, los que quedaron con el enfermo experimentaban algo terrorífico, las seis personas que estaban alrededor de la cama de Mario de repente vieron como el cuerpo del muchacho, se fue elevando hacia el techo de la casa sin que nadie lo toque.
El cuerpo de Mario volvió a descender hasta quedar nuevamente acostado, pero balbuceaba algunas palabras que se entendían muy poco, como por ejemplo “llévenme al caserón, necesito completar mi libertad”.
En esos momentos llegaban las personas que traían a la curandera del pueblo, rápidamente le comentan lo ocurrido, un anciano con todo su asombro le dijo:
-Fue de terror, hablaba sin mover los labios, pero una voz se escuchaba.
Urgentemente, la curandera ordenó que trajeran unas ramitas de un árbol de sauce llorón, que las quemaran para hacer un sahumerio, sobre eso tiró unos polvitos que según ella son huesos disecados de búho, muy bien molidos. A medida que se formaba el humo, el cuerpo de Mario giraba sobre si mismo, todos quedaban totalmente sorprendidos, pero la curandera los calmaba diciéndoles: “No se asusten que el diablo está encerrado en él. Para tomar forma tendría que estar nuevamente en el caserón, si eso llegara a pasar el mismo demonio estaría libre para hacer estragos en la Tierra. Menos mal que el pobre muchacho es muy fuerte y constantemente está luchando con satanás impidiendo su libertad, que ahora se encuentra preso en su cuerpo”.
En esos momentos, entra con urgencia a la casa una de las personas del grupo y comenta a los concurrentes: “Afuera de la casa está el señor Benito y quiere ver al muchacho”. Háganlo pasar -dijo la curandera-.
Al mismo tiempo que terminaba de hablar, se presenta dentro de la casa el anciano, saludando, en silencio, con la mano en alto a todos los presentes.
-Hay que ser prudentes, es muy peligroso y muy arriesgado meterse en esto -dijo el señor Benito-.
El misterioso anciano se quedó frente a la cama, observando detenida y fijamente la cara del enfermo, del joven Mario, que realmente no se sabía con exactitud si estaba vivo o muerto ya que hasta su color de piel iba cambiando paulatinamente.
De pronto, el señor Benito rompe el pesado silencio que reinaba allí, diciendo “Antes de que llegue la noche hay que hacer algo urgente, nos queda poco tiempo”. Extrayendo de su enorme bolso de cuero negro, una especie de yuyos y otras cosas que no sabíamos exactamente que eran, pero parecían bosta de animales mezclados con algunos trozos de piel de color raro, luego pidió que le trajeran un trozo de grasa de gallina. Mientras hacía su raro trabajo, nos iba contando algunas historias que no podíamos creer, pero lo que mas nos asombró fue cuando nos dijo:
“Esta persona que ustedes ven en esta cama, no es el Mario que creen que es, este ser que está frente a nuestros ojos, es el mismo Satanás y lo tenemos preso en este cuerpo, por que él mismo no pudo concretar su liberación por medio del muchacho.
Se sentó y con más seriedad continuó diciendo: Ustedes no me conocen pero, yo estuve todo este tiempo tras la persecución de este ser, soy un miembro del santuario de exorcistas de la catedral de Buenos Aires, en la Plata. Supuestamente el anticristo aparecería en estas zonas, por eso guiado por mis colegas y con la ayuda de Dios, logré encontrar a este espíritu del infierno, reencarnado en el cuerpo de un animal. Por suerte, pude ubicarlo yo mismo, si hubiera sido una persona que no estaba preparada para esto, sería fatal para todo el mundo. Pero logré dominarlo con mis oraciones y encerrarlo en el caserón. Con cara apesadumbrada continuó: Desgraciadamente, antes de encontrar una solución para evitar una victima innecesaria, este muchacho tuvo la imprudencia de entrar, y yo no estaba para impedirlo pero, ahora tenemos que actuar de urgencia cueste lo que cueste. Seguramente –dijo haciendo ademanes con las manos- cuando él entró a la casa el espíritu del malvado, intentó liberarse tomando su personalidad para salir al mundo, pero el muchacho es muy fuerte, logró salir fuera de allí antes que sea tomado totalmente, Tal vez también ayudado por Dios, pero de todas maneras aquí tenemos a la mitad de Mario, la otra mitad está dentro del caserón.
Ahora tendrán que ayudarme a terminar el trabajo de exorcismo, me dejarán solo con él, cuando yo les avise, ustedes entrarán al caserón para sacar al verdadero Mario. Aquí tienen las llaves de los candados del caserón.
Luego recomendó a los vecinos: “Por favor no se queden en este lugar por que puede ser peligroso, si logramos destruirlo seguramente va querer llevarse a alguien en su huída a los infierno de donde vino. Si me toca a mi, estaré preparado, quédense tranquilos, apurémonos antes que se haga la noche”.
Todos obedecieron y esperaron fuera de la pequeña casa donde habitaba Mario, desde afuera de la vivienda se empezaron a escuchar como el exorcista le gritaba al poseído, en idioma desconocido para ellos, aparentemente en latín, de repente se escuchó un grito o alarido de terror como si fuera proviniendo desde el mismo infierno, en el instante que el hombre con palabras temblorosa les gritaba que abran el caserón para sacar a Mario.
La gente no entendía mucho pero obedecieron, aunque no sabían si realmente encontrarían al muchacho, pues él estaba con el señor Benito, si así fuera abría dos Mario. La sorpresa fue alucinante cuando entraron al caserón y ven al verdadero Mario tirado en el piso, lo levantaron entre todos y el muchacho comenzó a despertarse, bastante mareado. Pero, éste si era Mario y estaba enterito.
Lo sacaron fuera del caserón. En eso, vino corriendo un vecino diciendo que la casa de Mario se estaba incendiando, toda la gente asombrada vio como la casa quedaba echa ceniza muy rápidamente. En medio del humo y las cenizas, se escuchó una risotada satánica y estridente, que aturdió a todos, mientras se levantaba un remolino de viento, que empezó a llevar todas las cenizas que había quedado del incendio.
Toda la gente en la calle quedó muy absorta y boquiabierta, al ver que a los diez minutos no quedó absolutamente nada, solo la tierra humeante y caliente, totalmente desierta como si allí nunca existió nada, se miraron unos a otros como diciendo que se hizo del exorcista, se fue el diablo pero también el señor Benito. Pero lo tenemos a nuestro muchacho como siempre, sano y salvo.
Ahora tenemos que entre todos pedirle al Dios de los cielos, que lo tenga en los brazos al señor Benito, que dio su vida para salvar a la humanidad de las garras de Satanás.

Desde ese momento, al pueblo volvió la tranquilidad y la paz, como siempre la tuvo. El terreno donde ocurrió el duelo con el diablo, quedó totalmente estéril y jamás creció una sola hierba.

Florencio Leo Duarte