lunes, 25 de mayo de 2009

25 de mayo

A 199 años del hecho que dio lugar al nacimiento de la Patria y marcó el cambio de la historia de nuestro suelo, es oportuno recordar y resaltar los valores que movilizaron a los simples hombres que lo protagonizaron.

Un virrey derrocado por falta de representatividad, un rey preso, un monopolio comercial que no los beneficiaba…

Una colonia olvidada y un pueblo que había descubierto su valía y lo que se logra al unir esfuerzos durante las invasiones inglesas, acaecidas dos y tres años antes.

Más allá de las divergencias, a la luz de la discusión se logró la convergencia de ideas y se llegó al primer gobierno representativo del país y, así, la patria comenzó a tejer su destino.

Hombres de ideas claras, convicciones propias y tenacidad, capaces de defender sus posturas con férreas voluntades, desinterés y capacidad de reconocer el momento oportuno para actuar.

Hoy nos toca a nosotros, en una época en la que el “no te metas” y el “para qué, si total …” son moneda corriente, continuar trazando el camino de la Patria, seguir escribiendo la historia.

Como ellos, los hombres comunes, podemos y debemos marcar rumbo comenzando en nuestra “patria chiquita”, en la familia, en la diaria tarea laboral o escolar, desde el ligar en el que nos toca, con honestidad y voluntad, sin mirar las acciones de quienes nos rodean. Sin críticas y con ánimos de sumar. Buscando, como los hombres de mayo, el bien común, el crecimiento comunitario y uniéndonos imitando a los criollos que, unidos, descubrieron su fortaleza.

¿Argentinos! Todos y cada uno, desde el más humilde hasta el más poderoso o sabio …

En nuestra manos está cambiar el rumbo de la historia y no cometer los errores ya sufridos, para ello es necesario tener memoria.

Ya que un pueblo que no reconoce ni recuerda sus errores, ni aprende de ellos, está condenado a repetirlos y sufrirlos doblemente.

Prof. Rosa Noemí Acosta

A 199 años del primer grito de libertad....

25 de mayo de 1810 - revolucion de mayo
Sin paraguas ni escarapelas1810
(Por Osvaldo Soriano)

El 22 de mayo por la noche, el coronel Cornelio Saavedra y el abogado Juan José Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras serán mencionadas esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más a presidir una junta en la que haya representantes de Fernando VII - preso de Napoleón - y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso Regimiento de la Estrella, esta por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", dice en la última reunión en casa de Nicolás Rodríguez Peña. De allí en más, los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas flamantes ni amables ciudadanos repartiendo escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorista se consulte. Todos, por supuesto - salvo el pudoroso Belgrano -, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el todo Buenos aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más o menos cuatro mil almas si se tiene en cuenta que para más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y la califica de "crecido pueblo".
La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanadas y clarines que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos en que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "tómelo como quiera", se dice que le contesta.
Cuatro días antes había ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. "¡No sea atrevido!", le dice el virrey al verlo gritar y Castelli responde muy orondo: "¡y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!".
Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben sustituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable, pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar y tramar pero luego tendrá su gesto de valentía.
Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido muchos sablazos entre los disconformes. Belgrano y Saavedra abren la puerta de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay nada más que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español que forma una junta incluyendo a Castelli, que tiene cuarenta y tres años y está enfermo de cáncer. Los "duros" rechazan la propuesta y juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la Convención francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Rodríguez Peña.
Entre tanto French, que teme una provocación impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva unos rollos de paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien lo ve de lejos y nace la leyenda de la escarapela.
Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas, y de las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosis (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monárquicos, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen español; demócratas: Alberti, Matheu y Moreno.
Los de labor incesante eran Castelli y Matheu, aquel impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplaciones a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de ahí arranca la antipatía originaria en la marcha de la junta entre Saavedra y él". Matheu se da demasiada importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.
La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", Castelli sale al balcón del Cabildo y con el énfasis de Saint Just anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le reserva un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia. Aquellas jornadas debían ser un golpe de mano, pero la fuerza de aquellos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (...) En el mismo buenos aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros, en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando de que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español".
La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota pero no un revolucionario y no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días. El secretario Moreno un asceta silencioso y torvo, dirige sus actos y órdenes a destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leído - y hace publicar, censurado - a Jean Jaques Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado en el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. Otros vinculan su torvo pensamiento con las enseñanzas de la peor inquisición. Castelli está a su lado, como French, Beruti y el joven Monteagudo, que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran el culto ateo de "la muerte es un sueño eterno", que Fouché y la ultra izquierda francesa usaron como bandera desde 1772. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador como apuntes sobre economía para el Plan de Operaciones que en agosto redactará Moreno a pedido de toda la Junta.
Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario político de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es Castelli quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde.
Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la ira terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece en los triunfos y las derrotas: en el norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desarrapados con un rigor espartano y no fusila por escarmiento sino por necesidad.
Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian con toda el alma. "Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel al secretario de la Junta. Y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "el alma de Monteagudo es tan negra como la madre que lo parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más vueltas, pero Saavedra responde que no cuente para ello con sus armas. "Me bastan las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con las mejillas picadas de viruela, que recién tiene treinta y un años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quién hace espiar por los "canarios", suerte de buchones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente: "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan que a su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, maltratarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el alto Perú.
Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el secreto Plan de Operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo. Ese texto feroz que no se conoció hasta que a fines del siglo XIX Eduardo Madero - el constructor del puerto - lo descubre en los archivos de Sevilla, y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por haber sido un intelectual y educador romántico, influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación por Castelli de ese método sangriento lo que asegura el triunfo de la Revolución.
Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Álzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del Virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.
A principios de diciembre dos circunstancias banales precipitan la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el Regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa de Saavedra. Moreno se entera y esa misma noche escribe el decreto de suspensión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha para la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno - que intuye su fin - no puede oponerse a esta propuesta "democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.
Moreno renuncia y en enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé, qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli, French y Monteagudo de que lo han asesinado: "Su último accidente fue precipitado por la admisión de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega a la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria aunque yo perezca!".
Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier de Elio amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y el 6 de abril el coronel Martín Rodríguez con los alcaldes de los barrios junta a los gauchos en la Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a los jacobinos y comerciantes. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.
Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno y nunca más volverá a tener influencia en los asuntos públicos. Los porteños se ensañan con él y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas. Nadie tendrá paz: ni Castelli, que muere durante el juicio, ni el propio San Martín, que combate en Chile. Belgrano muere en la pobreza y el olvido, el mismo día de caos en que Buenos Aires cambia tres gobernadores. Rivadavia traiciona a los orientales y todos persiguen a Artigas hasta que se aseguran que los intereses porteños prevalecerán.
Pese a todo, la idea de la independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo. Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo, y se prolongan hasta hoy en los entresijos de la historia no resuelta.

Publicado en "Cuentos de los años felices". Ed. Sudamericana. P. 119

Historietas de la historia....

La Requete Recontra Revolución de Mayo

La Historia Argentina está llena de relatos y situaciones, a menudo sorprendentes. Un ejemplo de ello, son las circunstancias que enmarcaron los episodios de mayo de 1810. Los artífices de la Revolución, los personajes que tomaron parte de la misma, el Virrey, ¿existieron en realidad?
Una exhaustiva y retorcida investigación de documentos y archivos, nos permite hoy día afirmar, que hubo muchos que no fueron quienes dijeron ser. Entre ellos, French y Beruti, quienes en realidad, fueron los inefables, inigualables, y siempre vigentes FRESCO y BATATA.
A continuación haremos un rápido repaso por los sucesos de la Semana de Mayo, basándonos en el legado de éstos “ilustres caballeros”.
Era la madrugada del 19 de mayo. En la oscura y fría noche otoñal, Fresco se dirigía presuroso a la casa de su amigo Batata. Al llegar, irrumpió gritando:
- ¡Batataaaa!, ¡batataaaa!
- ¡Acaso te habéis vuelto loco Fresco! ¡Qué son esos alaridos! ¡Aún no ha amanecido!
-respondió exaltado Batata.
- Ya lo sé Batata, pero debés enterarte de esto che. Napoleón invadió España, tomó Andalucía, disolvió la Corte de Sevilla, y sitió Cádiz. Se dice que Fernando VII ya está en cana, y que han puesto nuevo Rey.
- ¡Insensato! ¡Para eso me habéis despertado! ¡todo eso podría haberlo visto en la mañana por CRÓNICA T.V!
- Vamos Batata, dejá de protestar y levantate, que los muchachos se van a reunir en lo del “loco”.
- ¿En lo del “loco”? ¿Qué loco? -preguntó extrañado Batata.
- Vieytes querido Batata, en la Jabonería de Vieytes.
Y hacia la Jabonería de Hipólito Vieytes se dirigieron Fresco y Batata. En ese lugar, junto a otros selectos hombres de la sociedad de Buenos Aires, analizaban los acontecimientos acaecidos en la Península Ibérica, y pasaban largas horas deliberando sobre los cursos de acción a seguir.
- Bueno señores. Concretemos. Ya es tiempo que decidamos que hacer con Baltasar -dijo repentinamente Vieytes.
- Para “Reyes” todavía falta mucho, mi estimado Hipólito -respondió Castelli.
- ¡Qué dice Castelli! ¡Yo estoy hablando del Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros! ¡Qué hacemos! ¡Lo derrocamos o no! A ver usted amigo Batata, dígame, ¿qué propone?
- Yo querido Hipólito, qué quiere que le diga. A estas alturas, luego de casi veintinueve horas de discusión; luego de habernos tomado cuarenta botellas de caña entre los ocho, y teniendo en cuenta que queda sólo una, ¡ma’ si, destápela!
- ¡No, mejor no Hipólito! ¡No abra esa botella!. Es preferible que vayamos a dormir un poco, analicemos lo conversado, y mañana más descansados decidamos que hacer -señaló Fresco, al tiempo que con esfuerzo conseguía incorporarse, y se retiraba de la jabonería haciendo “eses” junto con su inseparable amigo Batata.
Ya un tanto repuestos, merced a los buenos oficios de un persistente viento frío y el rocío de la madrugada de Buenos Aires, reflexionaban sobre lo acontecido en la Jabonería de Vieytes.
- La verdad Batata, ¡qué manera de tomar caña! ¡Una barbaridad! ¡Nos tomamos todo! Y ahora, qué te parece, ¿qué hacemos?
- Pues, en vista de que a esta hora de la noche, no hay “remiserías” abiertas, tomemos una diligencia.
- ¡Noo, pará Batata! ¡Tomamos mucha caña! ¡Mejor no mezclar!
Llegamos al día 22 de mayo. Las noticias que llegaban desde España, hacían imperiosa la toma de una decisión sobre la legitimidad de la autoridad del Virrey Cisneros. Por ello, para este día se convocó a un Cabildo Abierto o Congreso Público; el cual con la participación de los Alcaldes, Regidores, y principales vecinos, se abocó a tratar la cuestión.
Las deliberaciones comenzaron con la palabra del Obispo de Buenos Aires, Benito de Lué. El prelado expresó su postura a favor de la continuidad en su cargo del Virrey Cisneros, y reafirmó la soberanía del Rey, sobre las posesiones de España en América.
A su turno, Castelli refutó la opinión del Obispo, exponiendo que dado que el Rey había caducado, también lo había hecho el dominio sobre las posesiones ultramarinas que le fuera conferido por los Pontífices. Por esto, el pueblo debía asumir la soberanía, e instaurar un nuevo gobierno.
El Fiscal de la Real Audiencia Manuel Genaro Villota, tomó entonces la palabra, desestabilizando la posición de los revolucionarios.
Castelli de inmediato salió a replicarle:
- No embarrés la cancha gallego. ¡Queremos un gobierno patrio!
- ¡Mucho cuidado, como se dirige a mí! ¡Incivil! -contestó el Fiscal.
- ¡Qué me dijiste! ¡Retractate, o te meto un zapatazo en la cabeza!
- Tranquilo Castelli. En el fragor del debate, siempre un roce puede haber -acotó Vieytes.
- ¡Que se retracte, o la liga! -insistía Castelli.
- ¡Silencio gamberro! -repuso Villota.
- Bueno, tampoco era para tanto. Sólo le pedí que se retractara, no que me pusiera un “título nobiliario” -respondió satisfecho Castelli.
- ¡De qué título nobiliario está hablando Castelli! Villota le acaba de decir grosero y mal educado -señaló Vieytes.
- ¡Todo eso me dijo este tipo! ¡No me agarren! ¡No me agarren! ¡Que lo corro hasta Chuquisaca!
En esos términos, en esos cordiales términos, continuó desarrollándose la Asamblea, la que se extendió hasta la tarde del día 23. Esa tarde el Cabildo burlando la voluntad del pueblo, nombró una Junta de Gobierno compuesta por cuatro miembros, presidida por el Virrey Cisneros.
El día 24 de mayo, se informó al pueblo de la resolución adoptada por el Cabildo. La misma provocó la indignación popular. La gente comenzó a reunirse en la Plaza Mayor, y a exigir enérgicamente la renuncia del Virrey Cisneros y los miembros de la Junta.
Fresco y Batata, como no podía ser de otra manera, estaban al frente de la movilización. En la madrugada del 25, la vida los enfrentó a una nueva disyuntiva.
- Fresco, las cintas que vamos a repartir mañana, van a ser celestes y blancas, ¿verdad?
-preguntó Batata.
- De ninguna manera Batata, deben ser rojas, en honor al “Rey de Copas”. ¡Dale rooojo! ¡Dale rooojo!
- ¡Alto ahí cavernícola! ¡Serán celestes y blancas! En tributo a la gloriosa Academia Racing Club.
- Pará, pará Batata. No discutamos más. Partamos la diferencia, dame una celeste tuya, y una roja mía. Traé que las corto con esta tijera.
- ¡Epa! ¿Y esa tijera importada? ¿De dónde la sacaste? Te pueden acusar de contrabandista. Supongo que tendrás los papeles de esa tijera, ¿no?
- No Batata, que papeles voy a tener, si me la vendieron desenvuelta.
Y así llegó aquella histórica mañana del 25 de mayo. Desde los balcones del Cabildo, Fresco y Batata contemplaban a la muchedumbre reunida en la plaza.
- ¡Qué de gente Batata! Está todo Buenos Aires.
- Es verdad mi querido Fresco, pero parecen intranquilos. Espero que haya una solución pronta al asunto.
En ese instante, uno de la multitud gritó:
- “El pueblo quiere saber de que se trata”. ¡Salí Cornelio!...
- ¡Cómo! ¡Qué decís! ¡No te voy a permitir que te metas en mi vida privada! ¡Sinvergüenza, mequetrefe! Si, si, vos, el pelado que está al lado de la vieja de paraguas floreado. ¡Subí, subí, si sos valiente, y decímelo en la cara! -reaccionó indignado Fresco.
- ¡Sois un desaforado Fresco! ¡Qué reacciones son esas! A ti no te ha dicho “cornelio”. El hombre está reclamando por el Comandante Saavedra.
Finalmente, Cornelio Saavedra salió al balcón, y anunció al pueblo la constitución de la Primera Junta de Gobierno Patrio. Todo fue algarabía y festejos en la ciudad.
En el atardecer de esa recordada jornada, el Comandante Saavedra caminaba por la ciudad junto a Fresco, y evaluaba todo lo sucedido:
- Se avecinan buenos tiempos amigo Fresco. Dentro de ciento noventa y nueve años, hablarán con orgullo de nosotros. La Primera Junta habrá hecho historia, y será recordada sentidamente con una estación de “subte”.
Hablando de todo un poco, y el estimado Batata, ¿dónde anda?
- La verdad mi Comandante, no tengo ni la más remota idea.
A los pocos minutos, dieron con el paradero de Batata.
- Mire, mire Comandante Saavedra. Allá en la esquina está Batata -indicó Fresco.
- Así es Fresco. Ahora observe que extraño. Está acostado en el camino, con su oreja contra el piso, y se encuentra hablando.
- Acerquémonos Comandante, y escuchemos que dice.
Al acercarse, Saavedra y Fresco se miraban sorprendidos, y escuchaban a Batata, repetir una y otra vez:
- Diligencia. Cuatro Caballos. Cubriendo trayecto entre Plaza Mayor y Regimiento Patricios. Un cochero. Tres ocupantes.
- Ahora entiendo, ¡usted Batata es un psíquico! ¡Tiene poderes extrasensoriales! ¡Permítame felicitarlo! -celebró Saavedra.
- - ¡Qué bárbaro Batata! ¡Nunca me contaste que tenías el poder de saber las cosas, sólo con escuchar las vibraciones en el suelo! -agregó Fresco.
- ¡Psíquico! ¡Poderes extrasensoriales! ¡Vibraciones en el suelo! ¡Vosotros os habéis vuelto locos! Yo se todo eso, porque la diligencia de la que hablo, hace unos minutos acaba de pasarme por encima!!!

Leo Lígori

sábado, 16 de mayo de 2009

ORIGEN DE LA ESCARAPELA

18 de mayo Fecha conmemorativa del Día de la Escarapela
(Resoluciones del Consejo Nacional de Educación)

Origen de la fiesta de la escarapela
"La fiesta de la escarapela fue autorizada por el Consejo Nacional de Educación con fecha 13 de mayo de 1935 (Expte. 9602-9º-935), sobre una iniciativa de la directora de la entonces Esc. 4 del C. E. 9º, profesora Carmen Cabrera, y los profesores Benito A. Favre y Antonio Ardissono, director y vicedirector, respectivamente, de la Esc. 11 del mismo Distrito, quienes, con el asesoramiento de la Inspección de Labores, resolvieron constituirse en comisión para celebrar la fiesta de la escarapela el día 20 de mayo. El C. N. de Educación autorizó la celebración de la fiesta, pero, si establecer razones, el día 18 en lugar del día 20. Por resolución del 4 de abril de 1941 (Expte. 33193-1º-940) instituyó el 18 como Día de la escarapela, estableciendo, además, que el acto debía realizarse en una de las escuelas de cada distrito con concurrencia de delegaciones de 4º y 6º grados y 4ª y 5ª secciones (...). Por el "Calendario Escolar" del año 1951 (Res. del Ministerio de Educación, 8 de enero de 1951, Expte. 294282/950), se fijó el 19 de mayo como Día de la Escarapela. Esta disposición se fundó en las consideraciones (episodio de los rebozos celestes ribeteados con cintas blancas con que, en ese día, se adornaron las damas porteñas) formuladas por la Comisión de Antecedentes de los Símbolos Nacionales, publicadas en el folleto "French y la divisa de Mayo", editado por el Círculo Militar de 1941. Pero esta celebración se limitaba a una anotación en la Cartelera de Efemérides (Forma IV). Desde entonces la celebración ha experimentado diversas alternativas (...). El Consejo Nacional de Educación, por resolución del 12 de mayo de 1960 (Expte. 12515/960), resolvió restituir la celebración según los términos de la disposición del 4 de abril de 1941 (...)."
Resoluciones del Consejo Nacional de Educación Fiesta de la escarapela. Autorización para celebrar la fiesta de la escarapela el día 18, según iniciativa de las Escuelas 4 y 11 del C. E. 9º (Res. 13-5-1935, Expte. 9602-9º-935). Día de la escarapela. Institúyese el 18 de mayo como día de la escarapela. Forma de realizarse el acto (Res. 4-4-1941, Expte. 33193-1º-940). Fíjase el 19 de mayo como día de la escarapela. Fijación establecida por el Calendario Escolar de 1951 (Res. 8-1-1951, Expte. 294282/950). Restitúyese forma de celebración según Res. 4-4-1941. Restitúyese la forma de celebrar el día de la escarapela según los términos de la Resolución del 4-4-1941, con algunas variantes (Res. 12-5-1960, Expte. 12515/960).
(Fuente: "Guión de los Símbolos Patrios", Belisario Fernández y Eduardo Hugo Castagnino, Ediciones La Obra, 1962, pp. 79-80 y pp. 105-106)

Ministerio de Educación de la NaciónSubsecretaría de Coordinación AdministrativaProducción: Coordinación General de Informática y Telecomunicaciones

viernes, 1 de mayo de 2009

1º de mayo - Día internacional del trabajo

Día internacional de los trabajadores
De Wikipedia, la enciclopedia libre

El Día internacional de los trabajadores o Primero de mayo, es la fiesta por antonomasia del movimiento obrero mundial. Desde su establecimiento en la mayoría de los países (aunque la consideración de día festivo fue en muchos casos tardía) por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, es una jornada de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas, que fueron ejecutados en Estados Unidos por su participación en las jornadas de lucha por la consecución de la jornada laboral de ocho horas que tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886 y su punto álgido tres días más tarde, el 4 de mayo, en la Revuelta de Haymarket en Chicago.
Llamativamente en los Estados Unidos no se celebra esta conmemoración. Allí celebran el Labor Day el primer lunes de septiembre desde 1882 en una parada realizada en Nueva York y organizada por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor, en inglés). El presidente Grover Cleveland, auspició la celebración en septiembre por temor a que la fecha de mayo reforzase el movimiento socialista en los Estados Unidos.
La historia
Los hechos que dieron lugar esta celebración están contextualizados en los albores de la revolución industrial en los Estados Unidos. A fines del siglo XIX Chicago era la segunda ciudad de EE.UU. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de ganaderos desocupados, creando las primeras villas humildes que albergarían a cientos de miles de trabajadores. Además, estos centros urbanos acogieron a emigrantes venidos de todo el mundo a lo largo del siglo XIX.
La reivindicación de la jornada laboral de 8 horas
Una de las reivindicaciones básicas de los trabajadores era la jornada de 8 horas. El hacer valer la máxima: «ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa». En este contexto se produjeron varios movimientos, en 1829 se formó un movimiento para solicitar a la legislatura de Nueva York la jornada de ocho horas. Anteriormente existía una ley que prohibía trabajar más de 18 horas, salvo caso de necesidad. Si no había tal necesidad, cualquier funcionario de una compañía de ferrocarril que hubiese obligado a un maquinista o fogonero a trabajar jornadas de 18 horas diarias debía pagar una multa de 25 dólares.
La mayoría de los obreros estaban afiliados a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero tenía más preponderancia la American Federation of Labor (Federación Estadounidense del Trabajo), inicialmente socialista (algunas fuentes señalan el origen anarquista). En su cuarto congreso, realizado el 17 de octubre de 1884, había resuelto que desde el 1 de mayo de 1886 la duración legal de la jornada de trabajo debería ser de ocho horas. En caso de no obtener respuesta a este reclamo, se iría a una huelga. Recomendaba a todas las uniones sindicales a tratar de hacer promulgar leyes con ese contenido en todas sus jurisdicciones. Esta resolución despertó el interés de todas las organizaciones, que veían que la jornada de ocho horas posibilitaría obtener mayor cantidad de puestos de trabajo (menos desocupación). Esos dos años acentuaron el sentimiento de solidaridad y acrecentó la combatibilidad de los trabajadores en general.
En 1886, el presidente de Estados Unidos Andrew Johnson promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo las 8 horas de trabajo diarias. Al poco tiempo, 19 estados sancionaron leyes que permitían trabajar jornadas máximas de 8 y 10 horas (aunque siempre con cláusulas que permitían hacer trabajar a los obreros entre 14 y 18 horas). Las condiciones de trabajo eran similares, y las condiciones en que se vivía seguían siendo insoportables.
Como la Ley Ingersoll no se cumplió, las organizaciones laborales y sindicales de EE.UU. se movilizaron. La prensa calificaba el movimiento en demanda de las ocho horas de trabajo como «indignante e irrespetuoso», «delirio de lunáticos poco patriotas», y manifestando que era «lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo».

La convocatoria de huelga
La "Noble Orden de los Caballeros del Trabajo" (la principal organización de trabajadores en EE.UU.) remitió una circular a todas las organizaciones adheridas donde manifestaba: «Ningún trabajador adherido a esta central debe hacer huelga el 1° de mayo ya que no hemos dado ninguna orden al respecto». Este comunicado fue rechazado de plano por todos los trabajadores de EE.UU. y Canadá, quienes repudiaron a los dirigentes de la Noble Orden por traidores al movimiento obrero.
En la prensa del día anterior a la huelga, el 29 de abril de 1886, se podía leer: «Además de las ocho horas, los trabajadores van a exigir todo lo que puedan sugerir los más locos anarco-socialistas». El New York Times decía: «Las huelgas para obligar al cumplimiento de las ocho horas pueden hacer mucho para paralizar nuestra industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad de nuestra nación, pero no lograrán su objetivo». El Filadelfia Telegram decía: «El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas». El Indianápolis Journal decía: «Los desfiles callejeros, las banderas rojas, las fogosas arengas de truhanes y demagogos que viven de los impuestos de hombres honestos pero engañados, las huelgas y amenazas de violencia, señalan la iniciación del movimiento».
El día 1 de mayo, la huelga

El 1° de mayo de 1886, 200.000 trabajadores iniciaron la huelga mientras que otros 200.000 obtenían esa conquista con la simple amenaza de paro.
En Chicago donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peor que en otras ciudades del país las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. La única fabrica que trabajaba era la fábrica de maquinaria agrícola McCormik que estaba en huelga desde el 16 de febrero porque querían descontar a los obreros una cantidad para la construcción de una iglesia. La producción se mantenía a base de esquiroles. El día 2 la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50.000 personas y el día 3 se celebraba una concentración frente a sus puertas, cuando estaba en la tribuna el anarquista August Spies sonó la sirena de salida de un turno de rompehuelgas. Los concentrados se lanzaron sobre los scabs (amarillos) comenzando una pelea campal. Una compañía de policías, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre la gente produciendo 6 muertos y varias decenas de heridos.
El redactor del Arbeiter Zeitung Fischer corrió a su periódico donde proclama (que luego se utilizaría como principal prueba acusatoria en el juicio que le llevó a la horca) imprimiendo 25.000 octavillas. La proclama decía:
Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormik, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!
¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.
Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.
Es la necesidad lo que nos hace gritar: ¡A las armas!.
Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costosos y se bebía a la salud de los bandidos del orden...
¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!
¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!.
La proclama terminaba convocando un acto de protesta para el día siguiente, el cuatro, a las cuatro de la tarde, en la plaza Haymarket. Se consiguió un permiso del alcalde Harrison para hacer un acto a las 19.30 en el parque Haymarket. Los hechos que allí sucedieron son conocidos como Revuelta de Haymarket.
La revuelta de Haymarket
Artículo principal: Revuelta de Haymarket
Se concentraron en la plaza de Haymarket más de 20.000 personas que fueron reprimidas por 180 policías uniformados. Un artefacto explosivo estalló entre los policías produciendo un muerto y varios heridos. La policía abrió fuego contra la multitud matando e hiriendo a un número desconocido de obreros.
Se declaró el estado de sitio y el toque de queda deteniendo a centenares de trabajadores que fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía.

Estos hechos represivos fueron apoyados por una campaña de prensa con citas como:
Qué mejores sospechosos que la plana mayor de los anarquistas. ¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas!
La Prensa reclamaba un juicio sumario por parte de la Corte Suprema, y responsabilizando a ocho anarquistas y a todas las figuras prominentes del movimiento obrero.
El 21 de junio de 1886, se inició la causa contra 31 responsables, que luego quedaron en 8. Las irregularidades en juicio fueron muchas violándose todas las normas procesales de forma y de fondo, tanto que ha llegado a ser calificado de juicio farsa. Los juzgados fueron declarados culpables. Tres de ellos fueron condenados a prisión y cinco a la horca.
Prisión
• Samuel Fielden, inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua.
• Oscar Neebe, estadounidense, 36 años, vendedor, condenado a 15 años de trabajos forzados.
• Michael Swabb, alemán, 33 años, tipógrafo, condenado a cadena perpetua.
A muerte en la horca
El 11 de noviembre de 1887 se consumó la ejecución de:
• Georg Engel, alemán, 50 años, tipógrafo.
• Adolf Fischer, alemán, 30 años, periodista.
• Albert Parsons, estadounidense, 39 años, periodista, esposo de la mexicana Lucy González Parsons aunque se probó que no estuvo presente en el lugar, se entregó para estar con sus compañeros y fue juzgado igualmente.
• Hessois Auguste Spies, alemán, 31 años, periodista.
• Louis Linng, alemán, 22 años, carpintero para no ser ejecutado se suicidó en su propia celda.

Relato de la ejecución por José Martí, corresponsal en Chicago del periódico La Nación de Buenos Aires (Argentina):
...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable...
El Crimen de Chicago costó la vida de muchos trabajadores y dirigentes sindicales; no existe un número exacto, pero fueron miles los despedidos, detenidos, procesados, heridos de bala o torturados. La mayoría eran inmigrantes: italianos, españoles, alemanes, rusos, irlandeses, judíos, polacos y eslavos.
Consecución de la jornada laboral de ocho horas
A finales de mayo de 1886 varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada de 8 horas a varios centenares de miles de obreros. El éxito fue tal, que la Federación de Gremios y Uniones Organizadas expresó su júbilo con estas palabras: «Jamás en la historia de este país ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales. El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millones de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando hasta ahora habían permanecido indiferentes a la agitación sindical».
La consecución de la jornada de 8 horas marcó un punto de inflexión en el movimiento obrero mundial. El propio Federico Engels en el prefacio de la edición alemana de 1890 de El manifiesto comunista dice:
Pues hoy en el momento en que escribo estas líneas, el proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, movilizadas por vez primera en un solo ejército, bajo una sola bandera y para un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de París. El espectáculo de hoy demostrará a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos. !Oh, si Marx es tuviese a mi lado para verlo con sus propios ojos!

En la actualidad
A lo largo del siglo XX, los progresos laborales se fueron acrecentando con leyes para los trabajadores, para otorgarles derechos de respeto, retribución y amparo social. En la última década del siglo esos progresos retrocedieron bajo la influencia del neoliberalismo.
En la actualidad, muchos países rememoran el Primero de Mayo como el origen del movimiento obrero moderno. Hay algunos que no lo hacen, siendo en general países de colonización británica, como Estados Unidos de Norteamérica y Canadá, que celebran el Labor Day (Día del Trabajo) el primer lunes de septiembre; Nueva Zelanda, el cuarto lunes de octubre. En Australia, cada estado federal decide la fecha de celebración: el primer lunes de octubre en el Territorio de la Capital Australiana, Nueva Gales del Sur y Australia Meridional; el segundo lunes de marzo, en Victoria y Tasmania; el primer lunes de marzo, en Australia Occidental; y el primero de mayo en Queensland y el Territorio del Norte.
En 1954 el papa católico Pío XII apoyó tácitamente esta jornada de memoria colectiva al declararla como festividad de San José Obrero. Últimamente se viene denominando a este día como Día Internacional del Trabajo.
Otros mártires
El movimiento obrero no se conformó con esa conquista, la lucha no se ha detenido nunca. Cuarenta años después, serían condenados otros dos inmigrantes, también anarquistas: los italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, a quienes se les llamó los Mártires de Boston.