viernes, 4 de marzo de 2016

GERVASIO EN VUKOVAR.

Gervasio en Vukovar.
ha vuelto donde vivimos el Stalingrado croata. _

Estoy dándole a la tecla, como cada día. Ganándome el jornal. Estoy
en ese momento difícil de empezar un capítulo de la novela que llevo
por la mitad. Dándole vueltas a un escenario y a un personaje. Y en
ese momento compruebo, con una maldición, que olvidé desconectar el
teléfono. Y que suena. Me dispongo a apagarlo cuando cometo el error
de mirar quién llama. Es Gervasio Sánchez, el fotógrafo, viejo
camarada de lugares incómodos. Así que respondo a la llamada. Y ahí
está el buenazo de Gerva, que me suelta de buenas a primeras: "Te
llamo desde Vukovar, Arturo. Desde el vestíbulo del hotel Dunav". Y
entonces me olvido de la novela y del capítulo por empezar, y me
siento, y escucho. Y recuerdo la noche del sábado 21 al domingo 22
de septiembre de 1991 en Vukovar, Croacia, antigua Yugoslavia. Con
él, Márquez y los otros.

Me cuenta Gerva que ha vuelto allí donde vivimos aquello, el peor
asedio de aquella guerra, el Stalingrado croata. El lugar donde
todos los hombres y jóvenes con los que durante muchos días
difíciles convivimos, fotografiamos y filmamos -Grüber, Sexymbol,
Ivo, el pequeño Rado- fueron asesinados cuando la ciudad cayó en
manos serbias, incluidos prisioneros, enfermos y heridos. Y añade
Gerva que ha vuelto allí veinticuatro años después para hacer fotos
de lo que Vukovar es ahora; porque, asegura, revisitar la geografía
del horror que tiene en la memoria es su manera de no ir al
psiquiatra para que arreglen lo que se le quedó dañado en el
interior. "Todos no tenemos la suerte de poder escribir novelas para
soportar el peso de las mochilas llenas de fantasmas", me dice.

Cuando Gerva habla de estas cosas siempre se pone algo cursi, porque
pese a la mucha mili que lleva en las abolladas cámaras sigue siendo
un sentimental y un osito de peluche. Así que le pregunto si ha
llorado mucho, y dice que sí, que a ratos. Que acaba de entrar en el
hotel Dunav y en pocos segundos ha vuelto al pasado. Ha visto en la
recepción el espectro del soldado que nos pasó las botellas de rakia
y de whisky, ha vuelto a sentir temblar el edificio, ha visto a los
muertos de ese día y los muertos de los días siguientes tirados por
todas partes, y también el agujero en la cabeza de la mujer a la que
mataron mientras conducía un automóvil, los rostros asustados de los
heridos que nos miraban cuando nos íbamos por el camino de los
maizales, el último camino, sabiendo que estaban sentenciados a
muerte. "Y te he visto a ti, cabrón -añade-, durmiendo tirado en el
suelo del vestíbulo."

Mientras Gerva me cuenta todo eso, yo también vuelvo a verlo a él, y
a los compañeros del tiempo en que aún no había teléfonos móviles y
aún éramos jóvenes, aquella noche en que nos cayó encima de todo;
tanto, que tuvimos que refugiarnos en el sótano del hotel Dunav, en
los urinarios que apestaban a suciedad, Márquez con su cámara, Mayte
Lizundia, Alberto Peláez con su equipo de la tele mexicana, y el
buen Gerva con sus cámaras colgadas del cuello y su chaleco
antibalas de segunda mano. Había otra gente muy asustada, cuyo
nombre no recuerdo; y el alcohol que circulaba, y el hedor, y los
cebollazos que caían afuera, y los gemidos de terror de esos cuyos
nombres no recuerdo, le daban igual a Márquez, que dormía a pierna
suelta abrazado a su Betacam; pero a mí no me dejaban pegar ojo. Así
que decidí irme arriba, al vestíbulo. Busqué una columna que me
protegiera un poco y me tumbé detrás. Y estaba sobando como un
obispo cuando Gerva, cosa muy propia de un pelmazo como él, vino
arrastrándose a tirarme de un pie para decirme que bajara otra vez,
que allí arriba me iban a reventar los hijoputas de afuera. Y yo lo
mandé a tomar por saco -"Vete a mamar, Gerva", fue exactamente lo
que le dije-. Pero él, que era y sigue siendo una especie de Teresa
de Calcuta con cámaras fotográficas, insistió una y otra vez, y como
no me dejé convencer y le dije que prefería palmar allí arriba,
tranquilo, que abajo rebozado de meados, vómitos, mierda y cagaditas
de rata en el arroz, decidió quedarse conmigo, por no dejarme solo.
Y los dos estuvimos allí acurrucados, uno junto al otro en el
vestíbulo del Dunav, iluminados por el resplandor de los cebollazos
serbios que caían en la calle. Y fue entonces cuando el buenazo de
Gerva dijo su gran frase, las palabras inmortales que recogí
enTerritorio comanche y que recordaré toda mi vida, y que a pesar
del horror de aquellos días siempre recuerdo con una carcajada: "Si
esta noche me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca".

Apostillas del Licenciado JLI.
Fuente: Nota de Arturo Pérez Reverte para Diario El País, Madrid, España.
4 de marzo de 2016.


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