miércoles, 1 de julio de 2015

Invierno Incipiente

Es casi invierno. Con la primera luz camino por la huerta y todavía quedan huellas del esplendor del verano. Las tomateras secas me             recuerdan sus jugos dulces en mis ensaladas de paltas y cebollas coloradas, los ya marchitos espaldares de las habas, que se dieron tiernas en la primavera, para comer crudas con aceite de oliva, sal de mar y pimienta. Al fondo, el regadío de los rabanitos y las zanahorias.
Mis botas en barros caminan por los surcos y saben adónde van. En una esquina, al reparo de un maitén dejé un zapallo criollo. Su siembra fue a principios de octubre y todavía está atado a su viña seca, hace dos meses que vengo a verlo, a revisar que esté asentado sobre tierra escurrida. A pesar de que la planta no tiene hojas el siguió su desarrollo. Está maduro y pesado, quizá 15 kg de madura crianza veraniega. Antes de salir de la casa, prendí el fuego de la chimenea grande encima de una parrilla alta, con madera dura, esa que quema casi sin llama.
Ocho meses de labor y sabor es una bella espera para un zapallo. Es tan importante que los zapallos maduren en la viña, hay que cuidarlos al final de los caracoles que aparecen con las lluvias.
Lo llevo a la cocina y lo lavo, disponiéndolo sobre un plato grande de barro, y así lo pongo debajo del fuego para que comience a cocinarse con las brasas que le van cayendo. Para evitar darlo vuelta voy tomando cuidado de rodearlo con las lumbres y cenizas para que se cocine por debajo. Luego de unas horas corro el fuego a un costado para que no se queme la parte superior, cuidando que las mismas cenizas blancas lo cubran, protegiéndolo del arrebato.
Cuelgo sobre un costado del fuego un caldero generoso de hierro fundido, y con un poco de aceite de oliva comienzo un fondo de cocción de cebollas al que le agrego, sobre el final, varias cabezas de ajo picadas y una cuchara pequeña de ají molido de Cachi.
Hice un enorme florero con las últimas ramas coloradas de lenga y algunas muy amarillas de coihue. Suena una degustación vertical de Bob Dylan desde los años 60 hasta su llegada a Traveling Wilburys con Tom Petty, George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lynne.
Así, entre ramos y acordes, fui sintiendo los aromas dulzones del criollo, mientras que en el caldero desglasé las cebollas con una botella entera de torrontés salteño y un litro de caldo de pollo. A las 6, en un costado de la chimenea enterré entre cenizas y brasas un pan chato para rescoldo hecho con masa madre.
La mesa fue dispuesta frente al fuego. Al llegar mis invitados, a las 8, sonaba el doble concierto de Brahms interpretado por Pau Casals con Jacques Thibaud y Alfred Cortot en 1929.
Delante de ellos serruché la tapa del zapallo y con cuidado retiré todas las semillas y filamentos. De a poco fui poniendo toda la  pulpa humeante y ahumada dentro del caldero. Nos rodeó el silencio de la alquimia y todos apreciaron la ceremonia casi religiosa del oficio que me había ocupado, entre romances, doce horas del día.
Allí estaba en mi caldero, mi hermoso zapallo sazonado con cariño para ellos.
La sopa fue servida en peroles de barro con hojas de salvia frita. Media rueda de queso Lincoln, apoyada sobre el borde de la parrilla al acecho de las brasas, iba siendo raspada con un cuchillo, disponiendo el queso dorado y derretido sobre los crostones del pan al rescoldo para acompañar la sopa.
A veces ocupamos nuestro día con trivialidades que parecen importantes en la arremetida, pero que sobre el final de la tarde, nos dejan en el llano, como si nada ni nadie hubiera abrazado nuestro hacer. Sin embargo, un día dedicado a la música, al sabor y al fuego de rescoldo, frente a un incipiente invierno, coronado por una comida de amigos, extiende nuestros sueños hacia horizontes más destacados.

Apostillas del Licenciado JLI.
Fuente: Francis Mallmann, para Revista La Nación,Buenos Aires, Argentina.
1 de julio de 2015.

ÉL, ROBOT.


 

 

 

Él, robot.

 

Rolf Pfeifer, el creador de futuro que corporiza inteligencia.

 

La verdad es que no sé muy bien con quién o qué me voy a encontrar. ¿El Doc Brown, de Volver al futuro? ¿Alguien como Susan Calvin, la experta en psicorobología de los relatos de Asimov? ¿Con anteojos biónicos, como el Data de Viaje a las estrellas? Nada de eso: quien se acerca es Rolf Pfeifer, uno de los mayores expertos mundiales en robótica, que está de visita invitado por la embajada de Suiza y la verdad es que parece una persona de lo más normal.

 

Uno se pregunta, por ejemplo, cómo se llega a ser robotista (¿robólogo? ¿robótico?), y Pfeifer cubrió un amplio camino: físico, matemático, computador y un poco psicólogo. Con todo esto a cuestas, generó los conceptos de inteligencia corporizada y de robótica blanda, aunque uno de los títulos que más llama la atención en su CV es, casi como al pasar, el de futurista. ¿Y cómo se llega a ser futurista? Se ríe y me dice que cuando trabajás en tecnología avanzada como robótica, la gente siempre quiere saber a qué se parece el futuro, pero que como no lo puede predecir prefiere crearlo. Mucho de su tiempo lo pasa en Asia: es profesor en la Universidad Shanghai Jiao Tong de China y en la de Osaka, en Japón. ¿Será que el futuro es diferente allí? Me cuenta que sí: mientras que en Europa la gente es muy escéptica frente al futuro y la tecnología, y no llegan a entender que la tecnología trabaja para los humanos, en Japón y China a la gente le encanta lo nuevo.

 

Pero, en definitiva, ¿qué es un robot para Rolf Pfeifer? ¿Humanoides, lavarropas, aspiradoras? Para este experto, parte de la definición es que puedan moverse en forma independiente en el mundo real. Y ahí aprovecho para representar a la humanidad y quejarme: ¿dónde están los robots maravillosos que nos prometieron en el siglo pasado, esos que iban a hacer todo el trabajo duro por nosotros y traernos un Martini al final del día? Malas noticias: según Pfeifer, los campos de inteligencia artificial y robótica están llenos de predicciones falsas; siempre subestimamos la dificultad de los desarrollos necesarios para construir bichos inteligentes y movedizos.

 

Pero como buen padre, Pfeifer tiene a su robot favorito, el que él y su equipo - junto con varias compañías y universidades- desarrollaron: el famoso Roboy (búsquenlo en Internet y enamórense un ratito). Roboy es una estrella mundial, anduvo de gira por Asia y Europa, y es la expresión de lo que Pfeifer llama corporización en un robot. En definitiva, la diferencia entre un robot y una computadora es el cuerpo, que tiene que ser capaz de manejar la física, la fricción o la gravedad para interactuar con el mundo real. Un cerebro en aislamiento es completamente inútil: requiere de un cuerpo para funcionar. Así, Roboy es diferente a otros robots, porque tiene un cuerpo basado en el estudio biomecánico de los animales; por ejemplo, allí hay articulaciones que semejan músculos y tendones, tratando de simular la estructura interna de un organismo humano. Claro que aún hay mucho que aprender: mientras que los humanos están hechos en el 85% de materiales blandos, que les dan muchísima plasticidad, los robots son bichos duros, de acero, otros metales y plástico, y eso los limita mucho en esto de interactuar con el mundo. Pero como la robótica integra a ingenieros, neurocientíficos, expertos en materiales, informáticos, psicólogos y hasta deportólogos, es cuestión de tiempo hasta encontrar a una Robotina que nos vaya a hacer los mandados. Para eso hay que probar y errar; como dijo el físico Richard Feynman, sólo comprendemos algo al construirlo.

 

¿Y hay que asustarse? ¿Valen las reglas de Asimov para la robótica? Para mi sorpresa, Pfeifer me dice que sí, que hay que tener cuidado: los robots no son sólo parte de un individuo, sino una red conectada a la nube..., y entonces se los puede hackear para dominar al mundo.

¿Su película favorita? ¡Perdidos en Tokio, claro! Y allí se va, a seguir inventando el futuro.

 

 

Procesado por Jorge Luis Icardi.

Fuente: Diego Golombek, para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina.

 1 de julio de 2015.

 

 

 

 

 

Él, robot.

 

Rolf Pfeifer, el creador de futuro que corporiza inteligencia.

 

La verdad es que no sé muy bien con quién o qué me voy a encontrar. ¿El Doc Brown, de Volver al futuro? ¿Alguien como Susan Calvin, la experta en psicorobología de los relatos de Asimov? ¿Con anteojos biónicos, como el Data de Viaje a las estrellas? Nada de eso: quien se acerca es Rolf Pfeifer, uno de los mayores expertos mundiales en robótica, que está de visita invitado por la embajada de Suiza y la verdad es que parece una persona de lo más normal.

 

Uno se pregunta, por ejemplo, cómo se llega a ser robotista (¿robólogo? ¿robótico?), y Pfeifer cubrió un amplio camino: físico, matemático, computador y un poco psicólogo. Con todo esto a cuestas, generó los conceptos de inteligencia corporizada y de robótica blanda, aunque uno de los títulos que más llama la atención en su CV es, casi como al pasar, el de futurista. ¿Y cómo se llega a ser futurista? Se ríe y me dice que cuando trabajás en tecnología avanzada como robótica, la gente siempre quiere saber a qué se parece el futuro, pero que como no lo puede predecir prefiere crearlo. Mucho de su tiempo lo pasa en Asia: es profesor en la Universidad Shanghai Jiao Tong de China y en la de Osaka, en Japón. ¿Será que el futuro es diferente allí? Me cuenta que sí: mientras que en Europa la gente es muy escéptica frente al futuro y la tecnología, y no llegan a entender que la tecnología trabaja para los humanos, en Japón y China a la gente le encanta lo nuevo.

 

Pero, en definitiva, ¿qué es un robot para Rolf Pfeifer? ¿Humanoides, lavarropas, aspiradoras? Para este experto, parte de la definición es que puedan moverse en forma independiente en el mundo real. Y ahí aprovecho para representar a la humanidad y quejarme: ¿dónde están los robots maravillosos que nos prometieron en el siglo pasado, esos que iban a hacer todo el trabajo duro por nosotros y traernos un Martini al final del día? Malas noticias: según Pfeifer, los campos de inteligencia artificial y robótica están llenos de predicciones falsas; siempre subestimamos la dificultad de los desarrollos necesarios para construir bichos inteligentes y movedizos.

 

Pero como buen padre, Pfeifer tiene a su robot favorito, el que él y su equipo - junto con varias compañías y universidades- desarrollaron: el famoso Roboy (búsquenlo en Internet y enamórense un ratito). Roboy es una estrella mundial, anduvo de gira por Asia y Europa, y es la expresión de lo que Pfeifer llama corporización en un robot. En definitiva, la diferencia entre un robot y una computadora es el cuerpo, que tiene que ser capaz de manejar la física, la fricción o la gravedad para interactuar con el mundo real. Un cerebro en aislamiento es completamente inútil: requiere de un cuerpo para funcionar. Así, Roboy es diferente a otros robots, porque tiene un cuerpo basado en el estudio biomecánico de los animales; por ejemplo, allí hay articulaciones que semejan músculos y tendones, tratando de simular la estructura interna de un organismo humano. Claro que aún hay mucho que aprender: mientras que los humanos están hechos en el 85% de materiales blandos, que les dan muchísima plasticidad, los robots son bichos duros, de acero, otros metales y plástico, y eso los limita mucho en esto de interactuar con el mundo. Pero como la robótica integra a ingenieros, neurocientíficos, expertos en materiales, informáticos, psicólogos y hasta deportólogos, es cuestión de tiempo hasta encontrar a una Robotina que nos vaya a hacer los mandados. Para eso hay que probar y errar; como dijo el físico Richard Feynman, sólo comprendemos algo al construirlo.

 

¿Y hay que asustarse? ¿Valen las reglas de Asimov para la robótica? Para mi sorpresa, Pfeifer me dice que sí, que hay que tener cuidado: los robots no son sólo parte de un individuo, sino una red conectada a la nube..., y entonces se los puede hackear para dominar al mundo.

¿Su película favorita? ¡Perdidos en Tokio, claro! Y allí se va, a seguir inventando el futuro.

 

 

Procesado por Jorge Luis Icardi.

Fuente: Diego Golombek, para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina.

 1 de julio de 2015.

 

 

 

 

 

Él, robot.

 

Rolf Pfeifer, el creador de futuro que corporiza inteligencia.

 

La verdad es que no sé muy bien con quién o qué me voy a encontrar. ¿El Doc Brown, de Volver al futuro? ¿Alguien como Susan Calvin, la experta en psicorobología de los relatos de Asimov? ¿Con anteojos biónicos, como el Data de Viaje a las estrellas? Nada de eso: quien se acerca es Rolf Pfeifer, uno de los mayores expertos mundiales en robótica, que está de visita invitado por la embajada de Suiza y la verdad es que parece una persona de lo más normal.

 

Uno se pregunta, por ejemplo, cómo se llega a ser robotista (¿robólogo? ¿robótico?), y Pfeifer cubrió un amplio camino: físico, matemático, computador y un poco psicólogo. Con todo esto a cuestas, generó los conceptos de inteligencia corporizada y de robótica blanda, aunque uno de los títulos que más llama la atención en su CV es, casi como al pasar, el de futurista. ¿Y cómo se llega a ser futurista? Se ríe y me dice que cuando trabajás en tecnología avanzada como robótica, la gente siempre quiere saber a qué se parece el futuro, pero que como no lo puede predecir prefiere crearlo. Mucho de su tiempo lo pasa en Asia: es profesor en la Universidad Shanghai Jiao Tong de China y en la de Osaka, en Japón. ¿Será que el futuro es diferente allí? Me cuenta que sí: mientras que en Europa la gente es muy escéptica frente al futuro y la tecnología, y no llegan a entender que la tecnología trabaja para los humanos, en Japón y China a la gente le encanta lo nuevo.

 

Pero, en definitiva, ¿qué es un robot para Rolf Pfeifer? ¿Humanoides, lavarropas, aspiradoras? Para este experto, parte de la definición es que puedan moverse en forma independiente en el mundo real. Y ahí aprovecho para representar a la humanidad y quejarme: ¿dónde están los robots maravillosos que nos prometieron en el siglo pasado, esos que iban a hacer todo el trabajo duro por nosotros y traernos un Martini al final del día? Malas noticias: según Pfeifer, los campos de inteligencia artificial y robótica están llenos de predicciones falsas; siempre subestimamos la dificultad de los desarrollos necesarios para construir bichos inteligentes y movedizos.

 

Pero como buen padre, Pfeifer tiene a su robot favorito, el que él y su equipo - junto con varias compañías y universidades- desarrollaron: el famoso Roboy (búsquenlo en Internet y enamórense un ratito). Roboy es una estrella mundial, anduvo de gira por Asia y Europa, y es la expresión de lo que Pfeifer llama corporización en un robot. En definitiva, la diferencia entre un robot y una computadora es el cuerpo, que tiene que ser capaz de manejar la física, la fricción o la gravedad para interactuar con el mundo real. Un cerebro en aislamiento es completamente inútil: requiere de un cuerpo para funcionar. Así, Roboy es diferente a otros robots, porque tiene un cuerpo basado en el estudio biomecánico de los animales; por ejemplo, allí hay articulaciones que semejan músculos y tendones, tratando de simular la estructura interna de un organismo humano. Claro que aún hay mucho que aprender: mientras que los humanos están hechos en el 85% de materiales blandos, que les dan muchísima plasticidad, los robots son bichos duros, de acero, otros metales y plástico, y eso los limita mucho en esto de interactuar con el mundo. Pero como la robótica integra a ingenieros, neurocientíficos, expertos en materiales, informáticos, psicólogos y hasta deportólogos, es cuestión de tiempo hasta encontrar a una Robotina que nos vaya a hacer los mandados. Para eso hay que probar y errar; como dijo el físico Richard Feynman, sólo comprendemos algo al construirlo.

 

¿Y hay que asustarse? ¿Valen las reglas de Asimov para la robótica? Para mi sorpresa, Pfeifer me dice que sí, que hay que tener cuidado: los robots no son sólo parte de un individuo, sino una red conectada a la nube..., y entonces se los puede hackear para dominar al mundo.

¿Su película favorita? ¡Perdidos en Tokio, claro! Y allí se va, a seguir inventando el futuro.

 

 

Procesado por Jorge Luis Icardi.

Fuente: Diego Golombek, para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina.

 1 de julio de 2015.

 

 

EL FUTURO DE LA GUERRA.


            El futuro de la guerra.  

 

 

            La proliferación de robots con fines bélicos, un error muy peligroso. 

 

 

            El uso de robots bélicos comenzó en los años 90 en la Guerra de los

            Balcanes, inicialmente con la utilización de drones (vehículos

            aéreos no tripulados) con fines de espionaje. Sin embargo, en 2001

            se les incorporó armamento y se manifestaron como equipos con mucha

            precisión, capaces de acertar a blancos en movimiento. Hacia 2009,

            en Estados Unidos ya se capacitaban más pilotos de guerra de

            joystick que de cabina. Esto significa que, lejos de la imagen que

            nos proporcionó a varias generaciones la película Top Gun, de Tony

            Scott, hoy el piloto norteamericano típico viaja hasta la base más

            cercana a su domicilio, maneja drones en Irak y Afganistán, y a la

            hora de la cena, ya está sentado a la mesa junto a sus hijos.

 

            Según P. W. Singer, especialista en guerras, antes de comenzar su

            intervención en Irak, Estados Unidos tenía apenas unos pocos drones

            y ningún robot de tierra. Actualmente llega a casi 20.000 entre

            ambos y se estima que para fines de 2015 la potencia norteamericana

            tendrá más robots que personas en territorio iraquí.

 

            Pero Estados Unidos no está solo en el desarrollo de robots bélicos:

            ya son 43 los países que cuentan con ellos. Corea del Sur, por caso,

            ha desarrollado una gran cantidad de robots para patrullar su

            frontera con Corea del Norte.

 

            A diferencia de la apariencia humanoide con que los imaginó el cine,

            los robots de tierra tienen un aspecto similar al de un tanque chico

            y suelen llevar las herramientas que necesitan según su función:

            pueden ser armas, sensores o material para manipular bombas. iRobot,

            la misma fabricante de la aspiradora Roomba, diseñó Packbot para uso

            militar y hasta tiene un sitio Web en el que ofrece accesorios para

            hacerlo más destructivo. Por otra parte, QinetIQ anuncia, sin

            eufemismos, robots para hacer el trabajo sucio.

 

            El avance del uso de máquinas para la guerra tiene varias

            consecuencias. La primera es que, como todo aparato, es esperable

            que en ocasiones los robots militares fallen. Por ejemplo,

            recientemente un cañón antiaéreo en Sudáfrica tuvo un error de

            software y mató nueve soldados. Una cosa es que un fallo de

            computadora nos haga perder los cambios a un documento que no

            llegamos a guardar y otra cuando la computadora maneja

            ametralladoras o morteros.

 

            La segunda, que a diferencia de un cazabombardero o bomba atómica,

            que son caros y complejos, los robots para la guerra se pueden

            fabricar de manera barata. Esto podría causar una proliferación

            difícil de controlar. Incluso, existen planos en Internet para crear

            máquinas bastante mortíferas por sólo 1000 dólares.

 

            La tercera tiene que ver con un riesgo a futuro: la autonomía que se

            dé a estos robots para abrir fuego sin intervención de un humano.

            Por lo pronto, tanto Estados Unidos como Corea del Sur aclaran que

            siempre será una persona la que oprima el botón. Sin embargo, ese

            proceso produce una demora. ¿Qué ocurrirá cuando otro país, digamos

            Corea del Norte, decida dar autonomía a sus robots bélicos? Los

            disparos saldrán más rápido, aniquilando al ejército rival antes de

            que este tenga oportunidad de contraatacar. Bastará que un país

            rompa esa regla para que los demás se vean empujados a hacerlo.

 

            Para Singer harán falta muchísimos años y un gran volumen de

            acuerdos internacionales para desarmar el arsenal de máquinas

            bélicas que se está acumulando. Según este experto, armar robots

            para la guerra es el error equivalente de este siglo a haber

            construido la bomba atómica el siglo pasado. Estar al tanto de esto

            es esencial para evitar su proliferación y propiciar un futuro

            deseable.

 

 

Procesado por Jorge Luis Icardi.

Fuente: Santiago Bielinski, para Revista La Nación, Buenos Aires, Argentina.

1 de julio de 2015.