domingo, 12 de septiembre de 2010

11 de septiembre - Día del maestro

En 1943, a 55 años de su fallecimiento, la Conferencia Interamericana de Educación (integrada por educadores de toda América) se reunió en Panamá y estableció el 11 de septiembre como Día del Maestro:
“Ninguna fecha es más oportuna para celebrar el día del maestro que el 11 de septiembre, día en que pasó a la inmortalidad Domingo Faustino Sarmiento”.
Por tanto se declara Día del Maestro en todo el continente americano el 11 de septiembre.

Entrevista imaginaria a Domingo Faustino Sarmiento

Esta entrevista, obviamente imaginaria, es el resultado de una investigación realizada a partir de material escrito en bibliotecas y en Internet.

¿Cómo influyó en su carácter doña Paula Albarracín?
Yo sostengo que el corazón del hombre se adhiere al de su madre como las raíces al suelo. Mi madre fue para mí un verdadero ejemplo de amor, abnegación y virtud. Es verdad que me crié en la indigencia, pero fue principalmente ella la que sostuvo económicamente mi hogar. Cuando la madre cumple con su sagrado cometido, llega a formar con su hijo una unidad sellada no sólo por los lazos de la sangre sino también por el afecto. Una de las metas más importantes de toda madre es la de ser digna del respeto y la admiración de sus hijos.

¿Qué nos puede decir acerca de su padre, José Clemente?
Mi padre era peón de campo y arriero, sin oficio ni profesión, pero, desde que yo era muy pequeño, se ocupó de mi educación: él y mi tío me enseñaron a leer. Mi padre no quería que, como él, yo tuviera que trabajar con la azada. Pero además, combatió en las guerras por la Independencia: en 1812 acompañó a Belgrano a Tucumán y, en 1817, acompañó a San Martín a Chile.

¿Por qué siente tanto interés por la ciencia y la modernización?
Siempre me ha interesado la divulgación científica como herramienta para superar el atraso. El conocimiento debe democratizarse. Para la producción de un país no basta que media docena de personas aventajadas conozcan y practiquen los mejores sistemas de labores. Sus productos, por grandes que sean, no alterarán la cifra general de la producción.

Usted ha sido un alumno ejemplar, de asistencia perfecta en la escuela, pero… ¿acaso nunca cometió alguna travesura?
Recuerdo alguna vez haber dictado errores a los compañeros para hacerlos reprender y, en mis años de adolescencia en San Juan, hacía algunas diabluras con un grupo de jóvenes. Fuera de eso, creo que mi sentido del humor me permitió coleccionar todas las caricaturas que mis adversarios políticos publicaron en las revistas durante mi período presidencial.

¿Qué acciones considera como más importantes entre las que realizó por nuestra educación?
Escribí muchos libros y manuales para maestros. Estudié la experiencia educativa de otros países para aplicarla en nuestro país. Traje maestras norteamericanas para que colaboraran en organizar un sistema moderno de educación y puse mis esfuerzos en la enseñanza a mujeres para que tuvieran las mismas posibilidades que los varones... Además, pienso que la educación estatal no puede ser católica porque no hay que herir a los miembros de otras confesiones. Es por eso que intenté garantizar la libertad religiosa en las escuelas públicas.

¿Cómo ve el futuro de la educación en Argentina?
Si la educación no prepara a las venideras generaciones para esta necesaria adaptación a los medios de trabajo, el resultado será la pobreza y la oscuridad nacional, en medio del desenvolvimiento de las otras naciones, que marchan con el auxilio combinado de tradiciones de ciencia e industria de largo tiempo, haciendo lentamente descender a las últimas condiciones de la sociedad a los que no se hallen preparados por la educación.

Fuente: http://www.me.gov.ar/efeme/sarmiento/index.html

sábado, 11 de septiembre de 2010

Al MAESTRO con cariño...

Recuerda:

Que la frágil memoria de la mente de tus alumnos olvida fácilmente lo aprendido.
Pero la firme memoria de su corazón retiene de por vida lo sentido y lo vivido.

Si quieres educar, no pongas el acento en cargar las mentes con conocimientos.
Llena más bien los corazones con valores y vivencias.

Produces más calor encendiendo un fósforo que hablando sobre el fuego.
Iluminas más encendiendo una vela que describiendo el sol.

Si quieres educar, no impongas caminos, obligando. Muestra tus ideales, caminando.

No ahogues con el peso de normas y preceptos.
Recuerda que no se educa sin amor. Por lo tanto, ama a tus alumnos como son.

Si amas y vives en la autenticidad, educas sin proponértelo.
Si no amas y no educas de verdad, no educas, aunque te lo propongas.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El cazador - de Leo Duarte

EL CAZADOR

La vida no es muy fácil en las soledades de los territorios en los que mi relato se va a adentrar pero a estos amigos les gustaba vivir de la caza y la pesca. Cirilo, su esposa Marta y su cuñado Jacinto, vivían felices, pues nunca les faltó lo necesario para vivir y les gustaba el contacto con la naturaleza. Sus viviendas quedaban cerca del monte misionero, donde abundaba la cacería.
Pero últimamente estaba ocurriendo algo muy misterioso. No era tan fácil encontrar un ciervo, un tatu mulita o un chancho jabalí. Esto nunca pasaba. Decidieron hacer un viaje a caballo por la zona para investigar. La sorpresa era cada vez mayor cuanto más se alejaban del rancho.
Se internaron en el monte y encontraron un chancho jabalí totalmente destrozado. Se miraron sin entender nada, era muy claro que fue muerto por un animal muy poderoso con unas garras muy afiladas. Lo que no comprendían era por qué no se lo comió. Se internaron un poco más, no mucho y la sorpresa fue mucho mayor, cuando vieron un caballo también destrozado junto a su jinete. A este le faltaba un brazo y la cabeza, aparentemente había sido destrozado con garras muy potentes como si se hubiera ensañado con él.
Se miraron e instintivamente corrieron, montaron sus caballos y se alejaron rápidamente del lugar como si hubieran visto un fantasma. Salieron a todo galope hacia el rancho, cortando camino, por un pequeño pueblo para llegar más rápido, cuando de pronto vieron a un señor del lugar, con un rifle en la mano haciéndoles señas, para que se detengan.
Con los ojos asombrados y la voz temblorosa les dijo:
-¡Tengan mucho cuidado que no los encuentre la bestia negra!, porque serán devorados. Es grande como un caballo y cuando ruge tiemblan los montes, corre como un rayo y es muy poderoso. Yo lo ví desde lejos. Cada salto suyo supera los diez metros. En verdad no sabemos de dónde vino, algunos dicen que escapó de un circo europeo y que es un gato del Brasil. Es todo lo que sé, tal vez otros tengan más datos sobre esa cosa.
Jacinto y Cirilo, montaron en sus caballos y se dirigieron rápidamente a sus casas donde quedó sola Marta, la esposa de Cirilo . Una vez allí, junto a ella, comentaron lo sucedido y trataban de entender lo ocurrido en el lugar. Llegaron a la conclusión que tenían que salir a buscar ese animal y matarlo de lo contrario estaba corriendo peligro toda la gente de la zona. Habría que buscar un baqueano que conozca la selva y a los depredadores.
Entre los pobladores del lugar trajeron a un anciano que lo llamaban “el tigrero”. Cuando Jacinto y Cirilo lo vieron se miraron como diciendo: a éste, la bestia se lo come en un segundo, ¿qué podrá hacer este anciano contra ese animal?
El tigrero traía consigo 2 lanzas largas muy afiladas y varios cuchillos chicos y grandes, también una vieja carabina.
El anciano no parecía tan anciano, tenía una vestimenta tipo ermitaño, cabellos casi cano y largos, pasando los hombros y con abundante barba. Cuando Cirilo le preguntó de dónde venía, el anciano con mirada muy tranquila le responde: ¿Usted quiere saber sobre mí? O, ¿sobre la bestia?
Con mirada perpleja Cirilo contestó: ¿ Y… cómo le llamaremos a Usted? ¿Cual es su nombre?
El anciano concentrado sólo en preparar sus armas le dijo: Llámeme simplemente el cazador. Aunque anteriormente me decían el tigrero esa es mi profesión, pero por motivos personales, hoy deseo cazar este animal.
Al momento, solicitó que al día siguiente alguien lo acompañe rumbo a los montes, donde vieron por última vez al animal, pero hombres que no teman a los gatos salvajes del monte.
Al día siguiente se alistan tres hombres: Jacinto, Cirilo y el cazador, éste sugiere que lleven una cabra que servirá de cebo para atraer al animal. Ya se encontraban en pleno monte donde supuestamente se hallaría la bestia cuando el anciano ata la cabra a una estaca y dice: “Suban uno en cada árbol y tengan preparado los rifles yo haré lo mismo”
Así estuvieron unas cuantas horas sin ninguna novedad, sólo se escuchaba el balar de la cabrita con el viento silbando entre las hojas de los árboles, pero el monte estaba muy silencioso, tampoco se escuchaba a los pájaros, como si el clima que existía en ese momento presagiara algo malo que estaba a punto de ocurrir.
Esperando que la bestia sea atraída por la cabra que balaba con desesperación, como presintiendo su final, los tres hombres se miraban de lejos cada uno en su árbol, como diciendo: ¿qué hacemos aquí?, no pasa nada, ¿se habrá ido el bicho éste?
Eran alrededor de las 9 de la mañana cuando en ese preciso momento se escuchó un terrible rugido como si fuera un león. Dos de los hombres quedaron asustados, desorientados totalmente, pues ni siquiera podían saber de donde vino ese sonido tan fuerte. Hasta la cabrita quedó en silencio y pegada al suelo temblando. El único que estaba muy tranquilo era el cazador, que miraba muy sereno hacia el lado opuesto del monte, aparentemente de ese lado vino el rugido.
De improviso el cazador hinchó su pecho y dejó salir un alarido similar a los de los depredadores, que se escuchó en todo el monte, Jacinto y Cirilo se miraron, buscando una explicación pero comprendieron que imitó el rugido del animal, para atraerlo.
De repente, vieron a lo lejos un gran lomo alargado y ondulante del tamaño de un tigre de bengala, de pelaje color negro muy brillante que se movía sigilosamente con mucha elegancia y agilidad, luego hizo unas vueltas a sus alrededores a una distancia de unos 100 metros, pero en cada vuelta se acercaba 20 metros más hacia ellos cerrando el círculo donde se encontraban los tres.
Mientras el cazador bajaba de su árbol, Cirilo y Jacinto, vieron cómo una vez en el suelo, tomó la lanza más larga y a la filosa punta le ponía un líquido que tenía en un frasco, le preguntó Cirilo, desde arriba del árbol: ¿qué le está poniendo a su lanza?. Casi sin mirarlo le dijo: Veneno de yarará. Recién ahora se dieron cuenta que la lanza mas corta era para los animales mas chicos y la larga era para los animales grandes.
Pero, de repente se les erizaron los pelos cuando vieron que a 40 metros, estaba el enorme cuerpo de la bestia observándolos. El día, era muy claro podían verlo muy bien, su pelaje era más oscuro que una noche sin luna y su tremendas mandíbulas entre abiertas dejaba ver el color escarlata palpitante de su lengua lustrosa, que colgaba fuera del morro azabache.
El gruñido profundo y amenazador subía y subía de tono, sus ojos verdosos y brillantes como dos luceros en la oscuridad acompañaban una mirada endiablada y asesina. En eso les grita el cazador: “No bajen del árbol y preparen las armas, pero no disparen hasta que yo les diga”. Así lo hicieron pero en realidad muchas ganas de bajar del árbol ellos no tenían.
En eso la bestia suelta un rugido que parecía que las hojas de los árboles caían como lluvia o tal vez eran ellos los que hacían temblar las ramas por el miedo que sentían. Le gritó Jacinto al anciano: ¡suba al árbol que se viene la bestia!
Pero lejos de acatar esa orden, el cazador se preparó tranquilamente, apoyando la gruesa lanza en la tierra sosteniendo con su pié izquierdo la parte inferior de la lanza y con sus dos brazos la parte superior.
Mientras a la bestia se acercaba agazapaba tal cual lo hace un gato casero antes de cazar una rata, faltando 10 metros salta sobre el cuerpo del cazador, como una enorme sombra. El cazador, seguía en su lugar sin pestañar.
Los cuñados no podían creer lo que estaba ocurriendo frente sus ojos. La bestia se abalanzó sobre el cazador pero antes que sus garras llegaran a tocarlo, levantó la punta de su lanza, topándose el pecho de la fiera contra la punta afilada, cruzando su lomo de lado a lado. Absortos, vieron como la sangre brotaba a borbotones por la tremenda herida provocada. La bestia se revolcaba gruñendo ferozmente pero no moría, herido como estaba trataba de levantarse.
El anciano por segunda vez les gritaba: “Disparen, disparen”, pero ellos atónitos por lo que ocurría, no escuchaban, había mucha sangre sobre la bestia como también sobre el cazador. Cuando dispararon los fusiles ya el cazador le había atravesado la segunda lanza, luego realizaron varios disparos sobre el animal. Jadeante y herida de muerte, la enorme fiera agonizaba.
Urgente bajaron del árbol, cuando se acercaron al cazador se dieron cuenta que se encontraba muy herido. Lo alejaron bastante del animal porque aunque estaba casi muerto seguía jadeando y abriendo sus enormes garras como queriendo atrapar algo a ciegas por última vez.
Lo pusieron al anciano en lugar seguro y le preguntaron como se sentía, pues las heridas que se le veían eran grandes y profundas, las garras habían llegado a tocarle los brazos y la espalda, también perdía mucha sangre.
Él les respondió muy lento y agitado: “Muchachos, sé que de ésta no salgo pero lo tenía previsto, esta era una batalla pendiente entre él y yo, que tenía que cobrármelo, ya me conocía. El mató a mi hermano, a mi cuñada y a mi sobrino”
Trataron de que se callara para que descanse pero insistió en continuar su historia: “Este animal es uno de los últimos felinos más feroces, traicioneros y asesinos que pueda existir en toda la superficie de la tierra. Los indígenas mataron a su madre y a sus cachorros, pero éste pudo escapar y cuando llegó a la madurez comenzó a cazar humanos. Mi hermano lo persiguió con otros cazadores pero era tan astuto como asesino y siempre lograba escapar, y cada vez que lo hacía mataba otra persona.
La última vez que lo vieron fue cuando, mi hermano logró ubicarlo en la región salvaje a orillas del Río Negro. Cautelosamente apuntó con su carabina y le disparó hiriéndolo pero se metió a toda prisa en la espesa selva y ya no lo pudo alcanzar. Supuestamente la bestia, llamado “El gato del brasil”, siguió las huellas de mi hermano hasta su casa y esperó que se haga de noche, herido y sediento de venganza el pesado animal pechó con fuerza la frágil puerta del rancho y una vez dentro no dio tiempo a que alguien tome un arma, y a zarpazos mató a toda la familia.
Desde entonces lo estuve persiguiendo, en ocasiones anteriores lo encontré y disparé pero sólo logré herirlo levemente, ahora sí lo he cazado. Mi hermano ya está vengado.
El cazador dejó caer su cabeza como satisfecho o tal vez desmayado, estaba muy débil por la pérdida de sangre, lo pusieron cruzado sobre el caballo, pues tenía que verlo un médico urgente. Los dos hombres lo llevaron con el mayor cuidado que podían. Llegaron a la casa un par de horas después, lo acostaron en la cama y Marta les grita: ¡está muerto! Lo sintieron muchísimo tanto ellos como toda la gente del pueblito porque fue el hombre que los liberó de un peligro atroz.
No conocían a nadie que fuera pariente o conocido del cazador. Decidieron con los pobladores del lugar darle cristiana sepultura en un lugar privilegiado como solo él se lo merecía por su valentía y coraje. Le pusieron en su epitafio: “Aquí yace un valiente, recordado para siempre por toda la gente de este pueblo”
Una semana más tarde llegó una patrulla armada en busca de una fiera asesina. Pero le explicaron que el animal ya había sido muerto por un valiente cazador, de lo contrario ya para estas horas el pueblo sería un pueblo fantasma.
Fin.

Leo Duarte